martes, 11 de febrero de 2025

José J. Rodríguez Vázquez. Aporías de la democracia: la fragilidad de la experiencia democrática. Ediciones Laberinto, 2023

 

        Este es un ensayo argumentativo estructurado en cuatro partes o secciones. También podemos concebirlo como un libro organizado en cuatro ensayos. La primera parte, a modo de introducción, describe “la triple dimensión de un concepto político”: democracia.  Las otras tres desarrollan cada uno de los momentos críticos de la praxis democrática global. De modo que encaramos un texto de estructura, composición, correspondencia y continuidad entre las partes o ensayos.  
        Luego de detallar en qué consisten las crisis democráticas y sus aporías, hacia el final del último ensayo Rodríguez Vázquez nos señala que “… estos asuntos que venimos señalando no han terminado …” (89).  Es decir, deja la puerta abierta para continuar con una argumentación crítica-analítica racional de raíz ilustrada. (77-78) El autor se pregunta qué le queda a la democracia. Su respuesta: “Parafraseo como respuestas fragmentos de los epígrafes … ya que me permiten dejar el texto abierto” (90). Los epígrafes aludidos en cada uno de los ensayos funcionan como guías provocativas del contenido que sigue.
        Cuando se habla de “aporías de la democracia” se refiere a razonamientos contradictorios, paradojas sin solución en torno a un concepto. Esta en sí misma no necesariamente encierra una aporía, sino que al referirse a la democracia, se le adjudica un marco aporístico. Este es el caso, por ejemplo, de “las autodenominadas republicas democráticas” (59) que, a pesar de llamarse así, lo que las caracteriza es su práctica antidemocrática: paradójica y contradictoria.
        Estos ensayos contienen una condensación de descripciones y juicios de praxis política y teoría política.  De un lado, nos enfrentamos a unas experiencias de ejercicios democráticos desde la época ateniense hasta nuestros días traducidos a partir de unas propuestas teóricas.  Es lo que llamo “la puesta en práctica”.  Este pensador político se ha encargado de divulgar ampliamente esas prácticas, sus motivaciones, consecuencias, triunfos y fracasos.  De otro lado, y de forma paralela, se conjugan otras teorías políticas que “explican” aquellas prácticas.  
        El autor ha dedicado un primer ensayo a exponer los supuestos, los límites y los alcances de la democracia como concepto. Se ha propuesto entablar una argumentación para evidenciar una omisión: “La democracia ha sido uno de los significantes vacíos principales en el lenguaje político de la modernidad …” (11)
        Describe su concepto a modo de definición:  “En fin, la democracia no es solo un orden jurídico estatal ni un tipo de gobierno, sino un concepto esencial para pensar lo político y la política, y orientarlos al fortalecimiento de la libertad y la igualdad desde una ética de lo justo que es indispensable para que se concretice el deseo de participar en una comunidad insustancial guiada por el entusiasmo de estar juntos en la definición y búsqueda del bien en común.” (15)[subrayados míos]
        El escritor ubica un primer momento en los siglos XVII y XVIII cuando “… la democracia se constituyó como un gobierno electivo delegativo …” (23). Los representantes seleccionados constituían una élite de poder.  Entonces la aporía consiste en que “… su noción jurídico-igualitaria abstracta ha estado siempre contrapunteada con la desigualdad económico-social real …” (24) El contrasentido comienza con “el poder del pueblo” asignado etimológicamente a la democracia contra el poder de las élites atestiguado en la práctica.
        El segundo es el momento crítico del capitalismo liberal. Europa y Estados Unidos constituían para mediados del siglo XX los principales poderes coloniales y neocoloniales. Los pueblos sojuzgados en América, Asia y África protagonizaron luchas populares que en esa fase histórica constituyeron “esfuerzo político democratizador más importante” (56).   Este momento está demarcado por el imperialismo y la Guerra Fría.
        En el primer momento el autor había expresado que  “… la política era la praxis pública mediante la cual los individuos-ciudadanos se hacían “sabios” desarrollando el arte de autogobernarse racional y moralmente para producir el “bien común” y la felicidad”. (28) Entonces, en el tercer momento se nos aparece una democracia desvinculada de la participación en comunidad. Cuando esto ocurre se genera un ente vacío despojado de su esencialidad: “anémica y caricaturesca que entra en crisis” (74).
        Rodríguez Vázquez explica los conflictos entre naciones, entre clases, entre grupos humanos; las invasiones, expansiones imperialistas con motivaciones raciales, hegemónicas, conquistadoras, colonizadoras, que conocemos mediante el prisma de la democracia.  Es decir, ha tomado este concepto como instrumento de estudio y análisis para dar la mirada de las ciencias políticas y explicar, entre otras aberraciones sociales, por qué sigue existiendo la desigualdad, la abismal diferencia de clases, el saqueo por los poderosos, los estigmas hacia los marginados; el colonialismo que hoy socaba los deseos de justicia social, igualdad y fraternidad.
        José Rodríguez Vázquez se nos muestra en una de sus facetas como intelectual: pensador político. Exhibe un amplio conocimiento y manejo de teorías político-sociales. A pesar de su valentía descarnada de señalar y ubicar responsables, subyace una sensible solidaridad, una adhesión hacia “los muchos”.  
        Este escritor recurre a una ironía necesaria no solo como recurso retórico, sino como arma lingüística para desenmascarar y “atacar” a detractores y aduladores. Aquí la ironía funciona como un sustento: su apoyo estilístico.  Si el lector no reconoce este recurso, perderá mucho de la eficacia del libro:
        “Las masas irracionales tienen una inclinación natural hacia las “falsas representaciones” y los charlatanes. Por eso, tiene que ser sustituida por la democracia de élites ilustradas, “epistocracia” de minorías selectas de sabios conocedores de los mecanismos y metas que hacen posible el “bien común’”. (84)
        El final del texto da pie al inicio de nuevas discusiones, por ejemplo, sobre el latir de “la utopía democrática” y a propuestas no solo de los lectores aficionados, ajenos a una preparación academicista, sino a los académicos serios que, a favor o en contra, puedan debatir las posturas del escritor.  Asimismo, a las nuevas generaciones que contarán con una fuente extraordinaria donde formarse y forjar su propio pensamiento.
        Este es un libro breve (104 página) que suscitará numerosas deliberaciones, respuestas, debates, círculos de estudio y, sobre todo, preguntas por contestar en un ambiente democrático.  Además, resultará una referencia imprescindible para los cursos generales de ciencias sociales y especializados de teoría política.


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